“Sostiene que para prevenir el maltrato a la mujer se necesita un enfoque territorial y apoyo de todos los sectores”

Cuando Carolina recuerda a la adolescente a la que ayudó a denunciar a su padrastro por violarla desde los 10 años hasta los 13, con la complicidad de su mamá, confirma que no se equivocó al elegir el Centro de Emergencia Mujer (CEM) de Pasco como el lugar donde entregaría su vida para salvar de la sumisión y el miedo a las víctimas de la violencia de género.

Ella había vivido ese terror en carne propia, durante su niñez. Su familia huanuqueña tuvo que trasladarse de forma definitiva del campo de La Unión, en la provincia de Dos de Mayo, a Cerro de Pasco, ante la maldad terrorista y las iras de su padre que obligaron a su progenitora a dejar su tierra para salvarse de ellas.

“Viví mucha historia de violencia, y, sin embargo, poco a poco fui superando las secuelas emocionales porque sentía que merecía una vida diferente. Así que cuando llegué al CEM de Pasco, se encendió una especie de luz que empecé a compartir con otras mujeres porque fue mi lugar de sanación”, cuenta.

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De eso hace exactamente 19 años y 4 meses. Una vida completa, su hijo mayor tiene casi esa edad, agrega y sonríe, como si en el crecimiento de él, Carolina reconociera el suyo y también el de la institución que en el mismo tiempo transcurrido ha atendido más de 6,000 casos de diversos tipos de violencia contra la mujer u otro miembro de la familia.

Al comienzo fue muy difícil, manifiesta, era el primer CEM de esa región, y el número 49 en el país. En los primeros años del siglo XXI las pasqueñas no se acercaban a hacer denuncias. “Sentían mucha vergüenza por el qué dirán, temor por perder la pensión de alimentos, a sus hijos o ser nuevamente maltratadas. No comprendían que lo que estaba en juego eran sus derechos, y que la creencia de que los trapitos sucios se lavan en casa, ya no podía continuar”.

Nuevos tiempos

Carolina es comunicadora social, fundadora del CEM de Pasco, y como promotora su función es dar a conocer el servicio legal, psicológico, de asistencia social, así como de los de comunicación y educación que ofrece el establecimiento. Su labor ha sido constante y persistente, para convencer, primero, a las mujeres de acudir al centro a denunciar maltrato físico o psicológico; y, en segundo lugar, a las autoridades regionales y municipales para que aporten soluciones concretas. En Pasco hay siete CEM en la actualidad.

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La experiencia ganada en estas dos décadas le aguzaron los sentidos lo suficiente como para proponer que su trabajo tenía que focalizarse. En su equipo han decidido este año, por ejemplo, desarrollar planes de prevención en seis colegios de la provincia de Pasco, durante dos años. A Carolina le preocupa que las chicas sean muy tolerantes con el control de sus parejas y que la violencia sexual en adolescentes haya aumentado en la pandemia.

“Con charlas no vamos a cambiar creencias, hemos sido muy activistas y ahora queremos trabajar en procesos sostenidos. Las chicas se sorprenden cuando escuchan que lo que viven con sus familias no es natural, que es a causa del machismo. Si además diseñamos nuestras intervenciones con enfoque territorial, podremos atender mejor la diversidad de intereses y necesidades que tienen. Una sociedad que no protege la libertad de las mujeres, camina hacia la extinción de la empatía”.