En estos días directa o indirectamente, la ciudadanía  es partícipe en los debates radiales y televisados, también percibe la propaganda electoral – impresa y virtual – cuyo propósito  parece más orientado a descalificar a los contrincantes que a orientar constructivamente a la opinión pública. El temor de algunos candidatos a seguir perdiendo espacio electoral está llevando a una especie de guerra fría en el debate político, que se aleja cada vez más, sin alcanzar una confrontación clara de ideas y de programas que toda dialéctica política democrática debiera suponer. Y que muestra además una cierta debilidad del sistema, cuando el debate no se asienta sobre fundamentos teóricos y jurídico-políticos bien sustentados, y asumidos como forma de expresar la actuación política, sino sobre debates de escaso valor retórico y de contenido, ausente en ocasiones de toda ética política. La extravagancia, frivolidad y chabacanería no está ausente en el examen de los postulantes.

La confrontación de ideas, entendido como el debate programático, no resulta demasiado ejemplar en nuestro medio, entre otras cosas, porque lo que escuchamos, vemos y leemos es el reflejo de la debilidad del sistema democrático. Una debilidad que se manifiesta, entre otras cosas, es el menoscabo de los valores constitutivos de la democracia, cuando un sistema político como el nuestro no es capaz de imponer a los partidos, que forman parte en estos prolegómenos electorales, un código de conducta que sea ejemplar para los ciudadanos.

Seguir caminando por la senda democrática nos exige el compromiso con la sociedad, y el reconocimiento de su diversidad, de unos partidos o movimientos políticos que crean firmemente en la democracia y en sus valores, y que ejerzan su función con sentido de la responsabilidad. Nuestra democracia no es solo un modo de organización jurídico-política, fundamentado en la Constitución Política del Perú, es también una realidad humana, un modo de convivencia social, y un proceso de ejercicio de los poderes públicos, según los cánones de equilibrio y regularidad. Hay una definición ilustrativa de democracia que se lo debemos a Abraham Lincoln: “es el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.