La neurociencia ha identificado los siniestros sensores que se activan en el cerebro de corruptos y corruptores, y los rasgos psicopáticos que ostentan. No es una condición patológica, pero frente a lo que vivimos, vale preguntarse cuán enferma está una sociedad que los tolera y los elige

Los corruptos padecen dos desórdenes de la personalidad: conducta narcisista y conducta antisocial o psicopática. Aléjese de ellos.

Un neurólogo argentino Facundo Manes logró trascendencia con un libro que tituló Usar el cerebro, uno de cuyos hallazgos fue una dura conclusión: “Sin importar cultura, edad, clase social o religión, el hombre es corrupto por naturaleza: piensa primero en el bien propio y luego considera reglas morales y sociales”.

A idéntica conclusión arribó el médico español Luis Fernández, autor de Psicología de la corrupción y los corruptos: “El ser humano es un animal con una tendencia biológica a la corrupción”, alguien siempre dispuesto “a aprovecharse del sudor de los demás y a aprovechar cualquier cargo en beneficio propio”.  

Los peruanos somos, pues, bastante humanos; quiero decir: somos animalitos del Señor con el pecado original de la corrupción.

Ahora bien, esa tendencia natural a la corrupción es controlada cuando una persona recibe en su niñez una educación con valores y su estructura psicológica llega a distinguir aquello que está permitido y aquello que transgrede una norma moral.

Después, cuando el individuo pasa del ámbito familiar al social, empieza a tener influencia el tipo de sociedad en que se inserta. Y ya sabemos que en este país la educación está colapsada desde hace demasiado tiempo y uno de sus efectos es haber instalado la tolerancia a la corrupción, y cuando no hay sanción ni social ni legal para esta conducta, se llega al extremo de ver la honestidad casi como una excentricidad. En el reciente Mundial Rusia 2018, los habitantes de la ciudad de Moscú tenían la costumbre de devolver al propietario los celulares extraviados. Ante este hecho, que debiera ser normal, asomaron las dos facetas peruanas: unos contaban con asombro haber sido testigos de un acto de honradez; otros… reían.  

Cuando el tejido social admite la viveza como atajo para conseguir objetivos; la influencia de los ‘contactos’ para conseguir ventajas por encima de las normas; las trampas menores toleradas como un uso social, entonces esa sociedad es un lugar propicio al surgimiento de personajes dispuestos a ejercer la corrupción en niveles mayores. Si la elección de autoridades admite, por ejemplo, la cínica frase ‘roba pero hace obra’, se están quebrando los necesarios medios de control y se está impulsando a personajes dispuestos, precisamente, a robar desde los cargos públicos utilizando las obras como coartada.