Por Roberto Carlos QUINTANA VILLAVICENCIO

Lic. en filosofía y CCSS

Nunca como la semana que pasó se debatió sobre un tema tan necesario, tan de sentido común, tan útil que alcanzó el debate un nivel técnico y científico, me refiero a la matanza de los quinuales.

Si algún alcalde o autoridad  sembraría 20 mil polylepis en la ciudad,  el clima cambiaría; por lo tanto el oxígeno sería más puro e incluso si en  los cerros se plantase  pinos y polylepis en menos de 10 años tendríamos todo un bosque donde nuestros niños caminarían jugueteando, pasando una mejor infancia; nuestros jóvenes se amarían al pie del polylepis , nuestros poetas harían rimas excelsas de inspiración profunda; los cantores más músicos se inspirarían en mejores y nuevas canciones para no seguir cantando lo mismo en cada carnaval cerreño.

Pero no, en vez de sembrar y construir bosques, asesinamos a las polylepis, y si algunos se atrevieron a diseminar, pues no faltaron seres ingratos e ignaros que las destruyeron y las borraron del mapa ambiental de la ciudad.

Las polylepis crecieron y se impusieron al desamparo, solo el invierno las regaba, solo el lapso periodo de la nevada y el respingo del granizo la daba de beber, crecieron huérfanas, abandonadas a su suerte.

La semana que pasó ha sido la semana de la matanza de las polylepis, las han asesinado, vejado, y emitido su cartel de muerte, no sirven, no son útiles para la belleza de la ciudad; solo a algunas las han perdonado de esta atroz condena, a la mayoría las han desterrado y solo queda recordarlas en fotos pasadas cuando estaban imponentes dándoles algo de belleza a una ciudad fea, otorgándoles una cuota de simpatía a una ciudad fachosa.

Ahora que recorro la ciudad por donde fueron arrancadas las polylepis, pienso en la historia de la tierra minera, cuando fue descubierta por los indígenas, toda blanca y verde llena de lagunas, cerros pelados e ichu amigable, ellos no la saquearon, respetaron la beldad oriunda, no la modificaron al sacar las piedras brillantes. Pero a causa de la extracción minera por los hacendados españoles, estos dominios fueron deshechas de toda hermosura, del buen panorama que brindaba ver el amanecer, fueron reemplazadas por socavones negros y llenos de olores desagradables; la laguna que reflejaba el soberbio atardecer fue transformada en aguas brunas y fétidas.

A los cerros llenos de ichu, les salió competencia, los cerros de minerales recusables, e hicimos así de nuestra ciudad desde antes el suburbio malcarado, la urbe pavorosa, donde además de no haber donde sentar bien el culo, había que aguantar el frio y la exigencia de la altura al organismo.

No nos mintamos, nuestra ciudad es fea, de lindo los recuerdos que hay en ella. Nuestra ciudad es desastrosa de constructora son los sueños de los jóvenes y señoritas que idealizan algo mejor. Nuestra ciudad es contaminada de puro solo nuestro amor. Nuestra ciudad apesta, el grato olor estará solo en el hogar de cada cerreño, cerreña y cerreñista. Nuestra ciudad tiene menos polylepis que antes, al igual que sus opciones, rebajadas solo a vivir por el trabajo y morir por en el recuerdo grato y más ingrato de su gente.