Yo no tuve el privilegio de conocerlo en sus albores y esplendor de heroico dirigente del magisterio, ni como encomiable defensor de los intereses de las grandes mayorías. Llegué en su otoño de poder y fama, pero en otra faceta.  No obstante a que era estudiante de periodismo, vivía mi propio mundo, enajenado de la realidad local, más, con los ojos puestos en lo nacional; entonces, Trueno Rivera solo era un apelativo cualquiera, cuyo mito de heroico y respeto generalizado fui conociéndolo por los testimonios, las habladurías de admiración a voz baja, los convites, las miradas lascivas de modestas madres de familia de los recónditos lugares que visitaba el presidente regional de Pasco, Dr. Félix Rivera Serrano, y su equipo, entre ellos un modesto practicante de comunicación. Una acotada reflexión de su ocaso como político gobernante, y un comentario de lo humano que somos, hechos de virtudes y defectos.

Por Yonel Rosales

El amigo Carlos Quintana ha dicho que Trueno Rivera hoy sería un héroe de la lucha social  si no fuera porque terminó como presidente regional. “La política en cualquiera de sus formas mancha a los buenos hombres y mujeres”, sentenció, tras la noticia del deceso del expresidente. No creo que sea la política, son los actores. En este caso el entorno íntimo. La gente con quienes te rodeas al ejercer el poder o encargar el poder por hartazgo, porque no es lo tuyo, como notaba en Trueno, es el que destruye toda esa aura de prestigio que te antecede.

Para ser justos, en el apanado a esa fama, contribuyó mayormente la bullanga de algunos medios de comunicación y “coleguitas” periodistas. No les hizo gracia la decisión inicial, errada, de no invertir en publicidad de su gestión. Sabemos que un gobierno regional es la principal fuente de financiación para los concesionarios que deben pagar la hora y hacerse de las ganancias. De ahí que se la agarraron con Trueno. Comparen cómo no sucedió lo mismo con el nefasto gobierno del, ahora, reo Klever Meléndez, que ya tenía tremendos anticuchos pero tenía bien aceitado la maquinaria mediática. Chanca, chanca, hasta que suelte la mano. Súmese, el perro del hortelano, que no come ni deja comer. Es decir, la principal crítica a la administración de Rivera, era la baja ejecución presupuestaria, de ahí el mote de incapaz. Añádale los errores propios, que a nadie le escasea.

Después de ejercer el poder, Trueno Rivera, cometió el error de irse a sus cuarteles de invierno. Abandonar la política, debió estar cansado. Cuando pudo batallar por rescatar lo que aún tenía, pues al final, no terminó en la cárcel ni sentenciado por corrupción, de lo que también se le achacaba. La única sentencia fue por huelguista caserito. Allí está, la otra falla de la izquierda de donde venía el expresidente, recios para el reclamo, con doctorados en protesta, sin embargo, incompetentes para desandar el enrevesado enredo de la burocracia estatal.

No sé si será porque lo conocí en su ocaso, pero no era un gran orador, tampoco tenía la agilidad de un estadista. Lo que sí puedo decir con seguridad, es que Trueno Rivera era un gran tipo cuando salía de las reuniones acartonadas o de las aburridas ceremonias. Era un campechano, dicharachero, muy ágil para bromear y retrucar de tú a tú con los de su confianza, más en el vehículo presidencial, donde nos refugiábamos el presidente, Jhojan (el conductor) y este practicante de comunicación. Supongo el resto del personal de imagen estaba indispuesto acompañar a un reconocido catedrático, dirigente y todos sus méritos. O quizás salía baratísimo enviar a un practicante en los maratónicos viajes de autoridad regional; se ahorraban los viáticos y el sueldo. En ese entorno, notaba que Rivera, se sentía contento, así como dialogando con los obreros, la gente común. De las reuniones de ejecutivo, salía con la cara tétrica. No estaba hecho para eso.

Quizás esa fue su debilidad, sumado a su edad, para que el poder del gobierno termine como encargado. Se contentaba con el floreo, las triquiñuelas o con las lindas palabras que le pintaban los “especialistas” ante los problemas. No había mucho que objetar o batallar con el veredicto de su entorno íntimo. Ahí conocí que lo principal es adular, decir que las cosas marchan súper, que eres lo máximo como capitán, aunque el barco escoró. Una vez me atreví, en mi lógica simplista, que diciéndole los problemas y rumores al asesor Yomar Meléndez, la gestión mejoraría. Al final, terminamos con el temor de ser quemados con la gestión, incluido el principiante (después, trabajador contratado a plazo fijo). Ya era evidente que había temor entre los trabajadores de identificarse como parte del gobierno o del MNI.

No terminé por despedirme, ni lo volví a ver. Abandoné el trabajo en los últimos días de gestión, porque no había seguridad que me pagarían mi salario atrasado y compartido con una compañera de trabajo, por falta de presupuesto. Era el derecho de pagar piso para un principiante. La última vez que lo acompañé en su viaje de inspección al túnel Jancapunta, el presidente Trueno, ya se había dado cuenta de la desidia general, de la falta de identidad con su gesta. Comentó que ahora tendría que rogar él a su gente, para que lo acompañen en su última ceremonia, cuando al inicio le pedían estar a su lado. Luego de eso bromeamos con el chofer, “ni para que los invites algo”, porque este pata es más duro que tantawawa, es que las tantawawas de Pasco son duros como yeso seco. Esa chapa le habían puesto sus amigos, al parecer ni se dio por enterado.

Resulta que los antecedentes de tacaño, era de mucho antes. Una vez lo acompañé a una ceremonia al colegio de los capachos. Sobró una Inka Kola de tres litros, opté por recogerlo, cuando un par de maestras estaban con la expectativa de hacerse, comentaron: Con Trueno no hay nada que se pierda, algo así. No, no era la tacañería de Trueno, era el gusto del practicante por la Inka, era una Inka. El expresidente era duro de gastar de lo suyo. Siempre que charlamos de avaros en mi familia o amigos, cuento con placer, las vivencias. Él, tenía la costumbre de desayunar solo un vaso de jugo de naranja, decía que era por su salud. Antes de pedirlo, preguntaba el precio, no obstante a sus viáticos, que por entonces bordeaba los 400 soles por día. Esa estricta dieta que ya admiraba, una vez lo rompió en mi perjuicio. Fuimos a desayunar a un reconocido restorán de Oxapampa, donde todo estaba caro para mis bolsillos de estudiante. Lo único que pedí fue un café, y mientras traían el pedido, salí disparado, dos cuadras abajo, a comprar panes del mercado. Pensaba embutirme de pan, pero el Tantawawa, que solo tomaba un jugo de naranja se hizo de la mitad. Qué iba yo a decirle al presidente. Un practicante al presidente. Me molesté, la amargura la tragué con el café, después hice chanza de lo duro que era.     

Lo más sorprendente, para un hombre que solo desayunaba su vaso de jugo, fue la vez que una admiradora suya en Puerto Bermúdez, nos invitó a desayunar a su casa. Una linda moza nativa, de ojos castaños. Amor furtivo. Trajo el delicioso caldo de gallina de chacra, al hermoso ambiente con excelente vista paisajística. Nunca habrá uno igual. En una modesta mesa temblereque, había platanos verde sancochado, huevos duros cual si fueran papas, además de café con panes. Jhojan y yo teníamos los estómagos por reventar, sin embargo, el presidente aceptó la yapa y terminó con los huevos sancochados.  Fue motivo de jolgorio entre los colegas de trabajo, sobre todo entre el chofer y este practicante. Se lo tenía bien ganado la chapa de Tantawawa.

Adiós estimado Trueno Rivera, esta era la chapa que te gustaba, que descanses en paz, gracias por mostrarme la sencillez de un mítico dirigente, los ojos con los que te miraban los visitados. Ahora, cualquier chistoso es gobernador o congresista, sin mayor gesta o mérito que su dinero amasado a costa de.